Para escuchar leyendo: Dernière Danse, Indila.
A la vuelta de la esquina tenemos Halloween, ¿cómo anda este añito, ah? En fin, ya los niños andan puliendo el disfraz y calculando qué cuadras dan mejores dulces. Pero queridos paisanos, quiero aprovechar que aún estamos con tiempo para advertirles sobre una entidad espectral que no sale en las películas, pero que ronda nuestros barrios desde hace décadas. Tengan cuidado con ella cuando salgan a pedir dulces, y sobre todo cuando vayan a dar el voto el año entrante.
Nadie sabe bien de dónde salen. Unos dicen que de las sedes de campaña vacías, otros que de los salones oscuros donde se firman los avales. Se les ve deambular cada cierto tiempo, antecitos de las elecciones, persiguiendo a ciudadanos incautos con lemas vacíos y ahora con imágenes de IA baratas.
Uno los reconoce por los detalles. Sonríen un segundo de más, extienden una mano tibia y saludan como si lo conocieran a uno de toda la vida, aunque el resto del tiempo ni se acuerdan de que el barrio existe. Repiten siempre la misma letanía: que ahora sí, que esta vez sí. Dicen “vamos a” y nunca dicen quién paga.
Aquí en Medellín, por ejemplo, usan siempre la misma camisa celeste de manga larga, se peinan igual, y adoptan un sonsonetico tan maluco que, además de insultar el hablao paisa, lo hace a uno preferir oírle los lamentos a la Llorona misma (Ojalá la de Chavela).
Dejan rastros, paisanos, pendones desteñidos en los postes, volantes en el suelo mojado, un jingle que no se le sale a uno de la cabeza. Ahora fabrican abuelitas sonrientes con seis dedos y ciudades relucientes que no están en ningún mapa. Parecen sacados de un mal sueño y solo sirven para que uno siga dormido.
En Medellín y Antioquia ya los empezamos a ver. Aparecen al caer la tarde bajo los guayacanes y los yarumos, midiendo los troncos con la mirada y hablando de progreso. Repiten orgullosos que hay que tumbar árboles para abrir más vías, que a la Regional hay que ponerle un segundo piso, y lo dicen sobre un valle que cada marzo se asfixia en su propio humo. No es que no les de vergüenza ¡Es que les da orgullo! Esos espectros no recuerdan la sombra que dan los árboles ni el aire que nos queda. Solo ven cemento y la cara de incautos a quienes les creen.
Lo más escalofriante es que no hacen daño enseguida. Esperan. Cuando uno les entrega el voto, la entidad se instala en un despacho con aire acondicionado y se desvanece. Las promesas se pudren despacito: la obra a medias, el contrato torcido, el presupuesto que se evaporó. O peor, cumplen las malevas ideas para asfixiarnos más.
Por eso, queridos paisanos, les quiero dejar este cuento con el cariño de vecino: huyan de los politiqueros con promesas baratas y dañinas, de sus hordas de zombis pagados con contratos, porque pueden hacer realidad la peor de las pesadillas. Pidan propuestas con cifras y desconfíen del que solo llega cuando hay votos de por medio.
Que los pelaos pidan dulces tranquilos. El verdadero truco nos lo hacen cada cuatro años.
¡Ánimo!
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