Para escuchar leyendo: Antioqueñita querida, Luis Carlos González.
Quizás en otro lugar del mundo sería meramente natural haber construido lo que en Antioquia hemos logrado, excepto precisamente en ella. El departamento encierra en sí una sumatoria de dificultades geográficas, de aislamientos naturales, de riquezas minerales, ambientales y culturales. La Antioquia de las contradicciones es, también, la Antioquia de las oportunidades.
Me refiero al aislamiento que montañas y cañones, ríos y selvas nos impusieron desde el principio. Las primeras poblaciones estaban separadas por distancias que parecían insalvables, y solo la mula y los arrieros empezaron a acortarlas. Fue el oro el que nos hizo viables: la urgencia de la Corona por extraerlo obligó a abrir caminos, fundar poblados y mirar este rincón del mundo con otros ojos.
Con el tiempo entendimos que había que conectarse con lo que existía detrás de cordilleras y afluentes, y por eso emprendimos la colonización que buscaba crear el mundo al que no podíamos acceder. En la primera mitad del siglo XX esa vocación se tradujo en vías, túneles, ferrocarriles, puentes y puertos: una ingeniería revolucionaria, alimentada por la Facultad Nacional de Minas, que finalmente nos permitió alcanzar el mundo que antes solo podíamos imaginar.
Ese espíritu indomable —ese afán de progreso al que le escribiera Arango— dejó una huella profunda en la forma en que entendemos la vida. Y no lo digo para romantizar esa historia, porque la misma urgencia por abrir monte explica también nuestros fallos históricos y las injusticias que la sociedad antioqueña padece, y a veces ejerce. Pero sí sirve como una explicación, aunque simplista, de cómo se venció tanta adversidad para desarrollar un territorio como este.
Ahora bien, ese desarrollo podría ubicarse en el mapa con apenas un puñado de municipios. El centralismo sigue frenando la construcción de soluciones para las zonas que todavía hacen cierta esa región atrasada que describieron los cronistas coloniales: en cerca del 90% de los municipios, solo ocurre aquello que la Gobernación decide respaldar.
Por eso, lo que Antioquia necesita para el año entrante no es un liderazgo que reviva a punta de anuncios la épica de los arrieros, sino uno que la honre de verdad: que entienda que la gloria se nos oxidó, que la empresa para este siglo es el cierre de brechas entre el centro y la periferia. Un liderazgo consecuente con esa historia y con la capacidad de armonizarla con su futuro, uno que guie a Antioquia a entenderse de nuevo como hacedora de su destino.
En estos días en los que voces necias insisten en obras como un segundo piso para la avenida Regional en Medellín, mientras el resto del departamento sigue esperando una vía digna, un puente o un acueducto, debemos dejar claro que esas intentonas no son más que balas de salva que buscan con su estruendo alguna visibilidad. No son legatarias de la epopeya antioqueña, en todo caso la están traicionando. Proponerle a un pueblo que abrió selvas y cordilleras una solución de congestión urbana como si fuera su mayor urgencia, cuando la verdadera tarea pendiente sigue siendo la misma de hace un siglo: conectar lo que el centralismo ha dejado aislado, para que los antioqueños puedan sonreír.
¡Ánimo!
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