Mi abuelo cumple cien años hoy

Cien años son muchos años cuando uno los pone juntos. Yo voy en el cuarenta por ciento de su edad y ya me duele la espalda, pero cada rato pienso que la vida es una cosa de tres parpadeos: uno parpadea y el abuelo ya tiene cien años, él que ha visto crecer a todos los de su familia, que ha respondido, cada vez que lo vemos, y como un mantra, Dios la bendiga.

A él también lo hemos visto crecer, sobre todo desde que llegó a los noventa, que es casi lo mismo que decrecer: ahora es más bajito que cuando yo era niña y lo veía con su zurriago arriando vacas. Mi abuelo fue un campesino que se levantaba temprano a ordeñar, a alimentar a los marranos, a hacer panela o a manejar el carro verde —que es el que me tocó a mí, y el último que tuvo— en el que cargaba ganado atrás y mercados los domingos. Todo hasta que el cuerpo le dijo no más y él se sentó en una silla a ver pasar gente desde el balcón: se había vuelto viejo. O gato.

Qué es ser viejo.

La mamá cuenta la historia de una viejita que vivía cerca a su casa y que siempre estaba en la ventana, y cuando le preguntaba cómo estaba, ella decía: aquí, mijita, esperando la muerte.

Quizá solo es eso: sentarse a esperar.

Porque el abuelo fue un campesino que solo estudió hasta tercero de primaria, por lo que aprendió a escribir y a leer solo lo suficiente para sobrevivir a su vida diaria. Un día estaba leyendo un libro de oraciones y yo le pregunté si alguna vez había leído un libro de literatura. No, dijo, este es el único libro que he leído, pero ya me lo sé. Lo único que hacía era sostener el libro en la mano y mirar. Parecer que lee.

Una vez le enseñé a sonreír para las fotos. Abuelo, sonría pues, y él pelaba los dientes de leche, en una sonrisa fingida. Pero desde hace un tiempo ya no volvió a sonreír.

El abuelo está cansado, pero su Dios no se ha acordado de él. O eso me dijo un día: aquí, esperando que mi Dios se acuerde de mí.

Hay dos recuerdos de los últimos años que se han estampado en mi memoria del abuelo: la vez que estaba viendo misa en alemán, por una extraña razón el televisor se había cambiado de idioma, y yo le dije, abuelo, y es que usted sabe alemán o qué, y él, con la parsimonia con la que siempre ha hablado, me miró y dijo: qué importa, si es que siempre dicen lo mismo. Y nos reímos, porque el abuelo puede ser muy rezandero, preocupado porque Dios lo reciba en su gloria y le perdone los pecados, pero sabe que rezar es un acto de repetición.

El otro momento importante es cuando me contó que no se llamaba Beltrán, pero decidió cambiarse el nombre. Cómo te llamabas, le dije, y él lo soltó tranquilo: Efrén Elías. ¿Efrén?, dije sorprendida, qué había de malo en ese nombre, pregunté, pensando sin decirle que a quién se le ocurría cambiarse un nombre más o menos feo por uno casi feo del todo, y él soltó, otra vez con la parsimonia con la que siempre ha hablado, que como todo el mundo lo llamaba Beltrán, pues era mejor llamarse Beltrán Elías. También nos reímos esa vez, y me pidió que no le dijera a nadie y yo no le he dicho a casi nadie, salvo excepciones. Menos mal el abuelo es casi sordo, o sordo por conveniencia.

La verdad es que don Beltrán me ha parecido un nombre muy bonito por una razón simple: así se llama mi abuelo. Así también le llamaba mi abuela, con tanto cariño: Beltrán ya viene a comer, y le servía fríjoles y el mejor chicharrón.

Cuando uno tiene cien años ha vivido noventa y nueve navidades si nació en octubre.

El abuelo creció en un mundo muy distinto al mío. No sabe qué es Whatsapp ni redes sociales. Le tocó el teléfono, pero nunca tuvo celular. Todavía recuerdo las boletas que él y la abuela nos mandaban: razones en papeles de cuaderno con su letra cursiva, casi un garabato.

Una vez le pregunté qué se acordaba del 9 de abril de 1949. Dijo que no mucho, y lo que se acordaba yo ya lo olvidé. No pude preguntarle si su mundo le causaba indignación o desesperanza, a ver si es normal tener esta desazón y desesperanza por el mío.

Pero el abuelo está cansado hace tiempo y por eso no sonríe ya en las fotos. Ya no quiere levantarse ni a orinar. Esta mañana se despertó enfermo. Ya no sale al balcón ni escucha misa en alemán. Desde hace rato se quiere ir, pero está ahí, esperando. Mi mamá me dice que no diga eso, o que no la oigan sus tías —se refiere a las mías, sus hermanas. Lo que le dije es que para la celebración de los cien escribí una carta pensando en no gastarme todas las anécdotas por si me toca pronto escribir el obituario. Pero sobre todo pensé: ojalá Dios se acuerde de él pronto.

Escribo del abuelo para decirle que lo queremos y que se puede ir tranquilo. Que lo perdonamos, si es lo que necesita, porque cien años son muchos años y él es un ser humano y no un santo. Por eso tampoco voy a desearle muchos años más, porque me preocupa que su longevidad, con este dolor de espalda, signifique mi longevidad.

Pero sobre todo porque la vida no es vida si uno ya no quiere vivir —si ya vivió.

Deberíamos aprender a relacionarnos mejor con la muerte. Morir es también un derecho fundamental.

Y porque quiero al abuelo. Eso también es el amor.

Le digo gracias cerquita al oído, y felices cien, abuelito, para que me escuche mejor.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/

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