La fe en el individuo

Uno de los hechos que marca el paso de las sociedades tradicionales a las modernas es el desplazamiento de la idea de Dios como centro del mundo. Dice Zygmunt Bauman que la modernidad empieza con “la conciencia de que el orden no es natural, ni divino”. “La muerte de Dios” —que no es más que la pérdida de centralidad explicativa de lo divino como ordenador del universo— es el acta de nacimiento de la modernidad. Con lo difícil que es declarar orígenes exactos en la historia de la humanidad.

La modernidad, una abstracción teórica llena de vericuetos y recovecos, y que respondió a distintos procesos humanos, desembocó entre otras cosas en una especie de credo racionalista que hasta hoy practicamos. Durante buena parte de los siglos en los que se desarrolló lo que conoceríamos como el proyecto moderno, las explicaciones del mundo basadas en las tradiciones y las creencias, que apuntaban a cuestiones metafísicas, fueron miradas con cierto recelo bajo el lente del método científico. El proceso llegó a tal punto que, en cierto modo, se invirtieron los sentidos: lo racional pasó a ser doctrinal. El racionalismo científico generó cierta fe irrefutable en las posibilidades del individuo, como si fuera posible para la estrecha y limitada mente humana hacer cognoscible el mundo.

En la sociedad contemporánea podemos identificar dos manifestaciones más o menos claras de esta doctrina del individuo y de la racionalidad. La primera es posible rastrearla en la teoría económica ortodoxa que — aún hoy, y pese a toda la evidencia que controvierte estas posturas, incluso en la misma disciplina— sostiene que los individuos son racionales en el sentido de que toman decisiones de acuerdo con una lógica instrumental de maximización de beneficios. El individuo de la elección racional es uno todo poderoso en términos del racionalismo moderno.

La segunda está relacionada con la sobreestimación de las capacidades de los individuos, no solo de su capacidad para conocer el mundo, sino también de su capacidad de sobreponerse a todas las contingencias de la existencia, como las fallas sistémicas. En la sociedad contemporánea, recibimos este legado del racionalismo moderno en forma de libros de autoayuda y sermones de los criptobros, esa especie de sacerdotes del individualismo.

El auge contemporáneo de los mal llamados libertarios y demás manifestaciones del rendimiento individual tiene su origen en el racionalismo del proyecto moderno, en el desplazamiento del centro del mundo: de Dios al individuo. Incluso la vuelta completa que parece estamos dando con el apogeo de los movimientos conservadores, de jóvenes que buscan algún tipo de credo (el bautizo o el retiro budista) responde a la misma lógica, a una pérdida de sentido ontológico que presuntamente empezó en el siglo XVII y que hoy se ha radicalizado con el nihilismo producido por las sociedades de mercado, con el vacío de unas vidas fabricadas para centros comerciales.     

Al respecto dice Mercedes Gómez Blesa haciendo referencia a la filósofa española María Zambrano: “el culto a la personalidad, a la búsqueda de fama y de notoriedad, la idolatría del nombre, que tanto predicamento tienen en nuestra época, no son más que una forma profana de Piedad, según interpreta Zambrano, una forma de culto y de adoración semejante a la profesada anteriormente a la divinidad”.

Este nihilismo contemporáneo producido por el culto al consumo nos está llevando también a una nueva valoración de la metafísica, a una búsqueda en la que tal vez la fe pueda sobrevivir como espera, como pregunta, como ese movimiento íntimo hacia una verdad que no puede ser poseída ni remotamente por la racionalidad. La ausencia de Dios deja al individuo también frente al misterio y puede que ahí comience una forma más profunda de la fe.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-pablo-trujillo/

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