Delirantes zumbidos nocturnos

Si un zancudo merodea su tímpano en la noche:

Un espiritista (medio delirante ya, así jure tener razón), convencido de sus poderes que le confirman sus clientes y likes en instagram, intentaría una comunicación telepática con el bicho, rogándole que se vaya o, en el mejor de los casos, amenazándolo. Naturalmente, terminará estampándolo contra la pared. Jamás limpiará el rastro de sangre. Tampoco le hará un altar o volverá a comunicarse telepáticamente con el alma del chupasangre, así sea para desearle buen viaje por las cañerías.

Un influencer montaría una historia con lágrimas en los ojos diciendo que no ha podido dormir por culpa de ese «pinche» o «puto» bicho y que ahora no podrá levantarse a las cinco de la mañana para ir al gimnasio (sus lágrimas son de alegría). 

Juanita la del Barrio, convencida también, dirá que es el visitante espíritu de su tía Petunia. Pero eso no afecta en lo absoluto su resolución de matarlo. En este caso, sin embargo, sí le hará un altar y le prenderá una velita a lo que quedó de la metamorfosis de Petunia.

Un abelardista ni se daría cuenta del zancudo. Duerme profundo y sin sueños. Después notará las picadas, pero será demasiado tarde. Aunque, hay que decirlo, duerme con el Raid en el nochero por si llega a sentir un ínfimo zumbido en las noches de pesadillas. Medio sonámbulo todavía, levanta el spray y fumiga todo (él incluido). P.D. Este es quizás su punto en común con los uribistas, a propósito de posibles alianzas… (como Sauron y los orcos).

Un naturalista/ecologista/ambientalista lo mataría porque sabe que, en últimas, el humano es también parte del ecosistema y los zancudos van por nuestra sangre… Permitirle que pique, además de la piquiña consecuente, sería estúpido. Son prácticos estos, tal vez demasiado. 

Un petrista tampoco se daría cuenta del zancudo. Duerme profundo, pero con sueños. Este, por lo menos, sueña con un mundo sin zancudos. Después notará las picadas, pero será demasiado tarde. Todavía jura que funciona la citronela. 

Un vegano irrestricto no se levantaría. Intentaría seguir durmiendo y quizás aguantaría las picadas. Toda la noche conservará una remota esperanza en que su gato logre cazarlo. Será en vano. Después se arrepentirá si contrae dengue. 

Elon Musk sonaría una campanita (o, mentiras, todo lo haría desde su celular), ordenando que alguien le entregue rápidamente un lanzallamas (¿o quizás un cohete?)

El doctor van Helsing, dormitando, analizaría las semejanzas entre zancudos y vampiros. Altruista (quizás demasiado), pensará que debe mocharle la cabeza y clavarle una astilla para alejar toda la plaga del vecindario. 

Un pacifista intentaría entablar diálogo con el zancudo, pero, ante la imposibilidad de cualquier intercambio, se rendiría y lo mataría, pensando: «Agh, es lo que hay». Después se sentará a meditar, conversar o escribir sobre la trágica muerte de su finado coterráneo. 

Un poeta imaginaría los métodos para cazarlo, el resultado de su ataque (si tendrá o no sangre), y las heridas de su feroz batalla. Imaginaría, sobre todo, las formas de las ronchas. Jamás encenderá la luz. Jamás se levantará de su cama. Al final, renunciará nuevamente a la momentánea noción de realidad y se quedará dormido. El zancudo lo creerá muerto y se alejará. 

Un niño inexperto en lo gris de los días y lo maléfico de las noches, llamaría a su mamá o a su papá para que le ayuden a cazar a ese zancudo que, de manera injusta, no lo deja dormir. Papá y mamá se levantarán al tercer llamado del hijo. Jamás lo encontrarán. «¡Mamaaaaaaaaaaá!» «¡Papaaaaaaaaaaá!»

Un alguien de centro se taparía el rostro con las cobijas, esperando que el bicho no logre atraparlo. El zancudo se esconderá debajo de la cama o se refugiará en un rincón recóndito para picarlo al día siguiente, pero jamás volverá a molestarlo, pues notará que esa sangre es transparente e insulsa. 

Un niño de ojos atentos y ya saciados de brumas lo mataría con delicadeza (quizás con un trapo, un cojín, un papel o algo blando), lo cogería de las patas con sus dedos, lo acercaría a sus ojos, se detendría a mirar sus colores (quizás note unos anillos blancos y negros y teorizaría sobre su significado) y luego, estando demasiado cerca de él, haría cualquier cosa que reposará por siempre en su memoria. 

Un militar actual, irremediablemente inmerso en la burocracia posmoderna, obedecería órdenes sin saber muy bien qué es lo irritante en un zancudo. Quizás ni siquiera sepa distinguirlo de una mosca o de un mosquito. Lo mismo haría un guerrillero, un paramilitar, un pandillero…

Un caballo revolearía su cola. Eso le basta.

¿Usted qué haría? (No me importa). 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/

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