Hay mucho placer para tan poco tiempo. Tenemos afán por ser acogedores de complacencias, si viene en exceso es incluso mejor. Esa mirada hedonista esconde un egoísmo —para muchos— admirable. A diferencia de tiempos pasados nuestra forma moderna de acaparar el placer es por medio de la virtualidad, evitando la realidad de los vivos y sumergiéndose en la farsa del mundo tecnológico que genera en nosotros un efecto placebo, un estimulante aturdidor y, por tanto, adormecedor. El scrolling le apuesta a eso: a la adicción del entretenimiento, al mínimo esfuerzo, a la idea de la infinidad de placer siempre presente y nunca agotada en el siguiente scroll.
Así, sin darnos cuenta nos pasamos horas enteras mirando ropa que nunca nos pondremos porque jamás alcanzaremos a comprar, viendo carros que jamás alcanzaremos a mirar, simulando acciones de la cotidianidad en vez de hacerlas en el mundo físico, real. Gastamos horas enteras en darle a nuestro cerebro sedantes, no somos capaces de tener una conversación de más cinco minutos sin desgarrarnos la ropa por saber de qué se trata la notificación que acabó de sonar en el celular, nos volvemos inútiles al momento de leer porque el ritmo lento y llevadero de la lectura explota frente a la inmediatez y la velocidad del mundo tecnológico.
La propuesta, entonces, tiene que ser otra. Una apuesta por la resistencia. Algo desafiante en tiempos modernos: volver a conectar con lo que nos hace íntimos, es decir, cercanos, solidarios, comprensivos de la humanidad ajena. Esta implica reconocer que la virtud y la gracia no se agota en nosotros. Compartir, cuidar, tocar, bailar; reconocer en el otro un humano cargado de espontaneidad, energía, caprichos y emociones.
En el otro resistimos, porque es una forma de comprender que no estamos solos en el mundo y que solos no nos salvaremos. Que ante la infinidad ficcional que nos ofrece la virtualidad elegimos el mundo que nos rodea: el sol, los árboles, las calles y su gente. Las personas que en él habitan y que con nosotros resisten. Hoy más que nunca debemos desertar del opio de la digitalidad para llenarnos de cultura, de conversaciones, de risas y de momentos. Nutrirnos de gracia y sensibilidad.
Resistamos aún que podemos, aún que estamos a tiempo. Tenemos el mundo por delante y su belleza a disposición de nuestro aprendizaje.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-miguel-giraldo/