¿Quién diablos es Maricarmen? ¿Qué está pasando en España?
Esa fue la primera pregunta que me hice. Luego de investigar un poco, entendí que Maricarmen era una mujer de 87 años que había vivido durante décadas en la misma casa, en el mismo piso, en el mismo lugar donde construyó una forma de vida. Una mujer mayor, pensionada, que de repente vio cómo ese lugar que habitaba desde hacía tantos años cambiaba de dueño y empezaba a volverse imposible de pagar.
El problema, dicho de forma simple, fue ese: el piso cambió de manos, el alquiler empezó a subir y su pensión no subió en la misma proporción. Llegado un punto, Maricarmen ya no tenía ingresos suficientes para pagar la casa en la que había vivido buena parte de su vida. Y no hablamos de cualquier número de años. Hablamos de décadas. De arraigo. De una rutina. De vecinos. De memoria. De una manera de habitar el mundo.
Después de pleitos con el nuevo propietario, llegó el día en que, por orden judicial, la desalojaron.
Pero el caso de Maricarmen no pasó desapercibido. No fue simplemente una señora mayor sacada de su casa. Su historia se convirtió en símbolo. Fue el inicio, o al menos uno de los rostros más visibles, de una ola que hoy cubre Madrid de protestas. Protestas que tienen como causa principal cuestionar la desproporción entre el costo de vida, sobre todo el costo de los alquileres, y los ingresos reales que puede percibir una persona en ciudades como Madrid.
A partir de ahí quise preguntarme: ¿y esto cómo diablos se relaciona con Latinoamérica? ¿Cómo puede conectarse con Colombia?
Para empezar, Maricarmen es una mujer pensionada. Es decir, al menos cuenta con un ingreso para subsistir. Luego me pregunté qué porcentaje de personas mayores en edad de pensión efectivamente alcanzan una pensión en Colombia. Luego me pregunté cuánto reciben en promedio quienes sí logran pensionarse. Y luego entendí que tenemos un problema mucho más grande con la vejez y la vida adulta en nuestro país.
Tal vez la Maricarmen de Madrid son miles de Maricarmen en Colombia. O millones. Pero me pregunté por qué no conocemos sus historias. Por qué no tienen nombre. Por qué no vemos sus caras. Por qué no hay una ciudad entera deteniéndose a preguntar quiénes son, dónde viven, cuánto comen, cuánto pagan, cómo sobreviven.
Hay una pobreza oculta. Una pobreza que tal vez no vemos. Una pobreza que en un país como España incomoda bastante y puede generar un movimiento que convoca a miles de personas por la defensa de ciertos derechos. Pero tal vez esa misma pobreza, en un país como Colombia, se ha vuelto paisaje.
Y ese es el punto que más me inquieta: las cifras muestran una realidad, pero no siempre nos hacen sentir la realidad. Una cosa es decir que en Colombia hay pobreza, precariedad, adultos mayores sin pensión, familias sin vivienda propia o personas que envejecen dependiendo de la caridad familiar o estatal. Otra cosa muy distinta es ponerle cara a esa realidad. Llamarla Maricarmen. Verla en una camilla. Verla salir de la casa donde vivió casi toda su vida. Escuchar a la gente gritar que no está sola.
En Colombia el hambre nos desborda. La vivienda no le pertenece a todo el mundo. La vejez, para demasiadas personas, no es descanso sino supervivencia. Y ahí empecé a entender que, aunque hay causas comunes entre Madrid y Colombia, nuestras realidades también son muy distantes.
En España, una mujer mayor desalojada de su vivienda puede convertirse en símbolo de una discusión nacional sobre alquileres, especulación y derecho a la vivienda. En Colombia, muchas mujeres mayores ni siquiera llegan a ser símbolo. Son una cifra más. Una señora en una casa prestada. Una abuela dependiendo de sus hijos. Una persona mayor esperando un subsidio. Una vida sostenida con lo mínimo, en silencio, sin cámaras, sin protesta, sin ciudad indignada alrededor.
¿Qué pasará con todas esas Maricarmen de Colombia? Las que tal vez no tienen voz. Las que tal vez no causan la misma empatía. Las que no aparecen en videos virales ni en titulares. Las que todos los días envejecen en la precariedad. Las que mueren en silencio. Las que no son noticia porque en nuestro país la pobreza dejó de sorprendernos.
Tal vez esa es la diferencia más dolorosa. En Madrid, Maricarmen incomodó. En Colombia, muchas Maricarmen pasan frente a nosotros todos los días y apenas las miramos. No porque no existan, sino porque aprendimos a vivir con ellas como parte del paisaje.
Y cuando la pobreza se vuelve paisaje, el problema ya no es solo económico. Es moral. Es político. Es humano.
Porque tal vez el verdadero drama no es que Colombia no tenga Maricarmen. El verdadero drama es que tiene demasiadas, y casi ninguna logra que el país se detenga a preguntar por ellas.
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