El pasado 16 de septiembre, la Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín presentó, en la 20.ª Fiesta del Libro y la Cultura, “Las campanas”, el cuentico azul 2026. El cuentico azul es el hermano menor del ya tradicional cuentico amarillo, que durante 19 ediciones ha revisitado clásicos como Alicia en el País de las Maravillas, El Principito y El Quijote.
La vida del cuentico azul es mucho más corta. Desde 2024, la estrategia de construcción de confianza y cultura ciudadana Medellín es como Vos viene publicando, año tras año, un cuento infantil que propone una forma particular de mirar a los otros y de habitar la ciudad. Los tres cuentos publicados hasta ahora —Miguel y las Monedas, Una tarea inesperada y Las Campanas— han sido escritos por Lucas Vargas Sierra, finalista del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana en 2026 con su libro de cuentos “Guía la lenta Hiedra, María”.
Los protagonistas de los cuenticos azules son personas dispuestas al asombro: se fijan y se conmueven con las acciones de los demás y van descubriendo en su andar una ciudad sorprendente. Pero no es un asunto de la ingenuidad o la candidez propia de un desarrollo incipiente de la corteza prefrontal. No, la cuestión tiene que ver más bien con poner los ojos en lo común maravilloso, en aquellas acciones cotidianas que muchas veces no notamos, pero que permiten que podamos vivir bien juntos: la bondad, la amabilidad, la solidaridad.
Los ojos de Emanuel, el niño que protagoniza Las Campanas, o los de Diana —quien nos cuenta cómo fue su día en el cuentico azul de 2025— están dispuestos a fijarse, a detenerse, a poner atención a lo que está pasando. La idea de Simone Weil vuelve a asomarse: “ponerle atención a los demás y al mundo es dejarlo aparecer”. Tomémosle la mano a la filósofa francesa y llevemos su premisa un poco más allá. Ponerle atención a otra persona, escuchar atentamente lo que nos dice o lo que hace, es fundamental para que ese sujeto hablante que está frente a nosotros pueda aparecer realmente. Un individuo es, en tanto otro igual lo reconoce.
Ahora bien, hay un mundo que solo puede aparecer si le prestamos atención. Sigamos estirando lo que nos dice Weil y traigamos a la conversación a Schopenhauer, cuando afirma que “el mundo es mi representación”. Las cosas existen independientemente de que las miremos, pero el mundo que aparece ante nosotros es inseparable de nuestra manera de percibirlo. Si nuestros ojos no prestan atención a lo común maravilloso, a la hermosura cotidiana, ese universo permanecerá fuera de nuestra experiencia. No porque no exista, sino porque no lo hemos mirado.
Recojamos la pita y volvamos al cuento teniendo en mente estas ideas de poner atención, de fijarnos, de representaciones del mundo. Poner los ojos en lo común maravilloso es darle vida. El cuentico azul propone entonces una forma determinada de ver el mundo en la que puede aparecer el saludo, la sonrisa, el amor por el otro, el pacto colectivo; en la que se notan todas esas cosas que nos permiten vivir bien juntos.
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