Hay un columnista en No Apto que se llama Samuel Machado. Solemos estar en diferentes puntos cuando se discute en el grupo de WhatsApp donde estamos todos los columnistas. Casi siempre estamos en puntos distantes, casi siempre contradictorios.
Nos unen dos o tres cosas: nos gustan las canciones de Joaquín Sabina, ambos somos hinchas del Medellín (aunque gane) y estamos de acuerdo en que la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) es un tribunal necesario para este país que solo ha sabido resolver sus cosas dando bala o enterrándolas en el olvido.
Menciono a Samuel porque fue él quien publicó recientemente un hilo con algunos de los logros de la JEP que ahora pretenden ignorar o demeritar aquellos que esperaban que, tras el proceso de paz, hubiera solo barrotes y larguísimas condenas, aunque en verdad deseaban —aún lo hacen— el cadalso.
En fin, gente que nunca entendió de qué va una negociación y para qué es un proceso de paz. O sí entendieron, pero prefieren mentir y tergiversar, presentar infundios como denuncias para ganar aplausos.
Recuerdan Samuel y otros tantos (en Vorágine, en Presunto Pódcast) que es gracias a la JEP que hoy sabemos que, por lo menos, 18.677 niños y niñas fueron reclutados por las Farc, por ejemplo, que es una cifra que suelen citar muchos de los que resienten aún que el Estado colombiano haya llegado a un acuerdo con el grupo guerrillero. Sin la JEP y sin el acuerdo no tendríamos certeza sobre la magnitud de ese crimen.
También es obra de la justicia transicional el que nos enteráramos de que los mal llamados falsos positivos no fueron 6.402, como se dijo en un principio, sino 7.837, porque había más de mil casos perdidos en el maremágnum de denuncias y dolor que ha sido la historia reciente de Colombia.
El trabajo articulado entre la JEP y la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) ha permitido entregar dignamente a sus familias 830 cuerpos, actos que no reducen el dolor de la muerte, pero sí la permanente zozobra de la desaparición.
Y por allí pasan todos (o casi todos), porque entre los comparecientes hay gente que perteneció a las Farc, están miembros de la Fuerza Pública y algunos civiles que les están aportando verdad a las más de catorce mil víctimas que quieren saber por qué les pasó lo que les pasó y quiénes fueron los causantes de sus tragedias.
Porque es la existencia de la JEP la que ha permitido que los señalados como culpables se acepten como culpables, que es parte fundamental del proceso de paz para que haya verdad, justicia, reparación y no repetición: han reconocido crímenes los miembros del antiguo secretariado de las Farc, más de cien mandos medios de esa guerrilla y un buen número de altos mandos militares.
Todavía hay quienes hablan de impunidad, quizá porque confunden justicia con venganza. O tal vez porque les interesa llevar la discusión hacia terrenos donde es más fácil desinformar e indignar sacando de contexto declaraciones, imágenes, sanciones… Ya se sabe qué fácil es manipular a la gente cuando se le invita al enojo.
Es en las audiencias de la Jurisdicción Especial para la Paz donde hemos escuchado los más desgarradores de los testimonios a los que les siguen —no siempre— los más generosos perdones y entonces lloramos algunos con aquellos que se abrazan porque quizá creemos igual que ellos que en ese abrazo y en esas lágrimas está la fórmula para pasar la página. Pero luego resulta que hay quienes nos quieren cerrar el libro para que no sepamos nada.
Tal vez porque es eso lo que pretenden cuando atacan a la JEP: el silencio. Que no se sepa, que no se ahonde, que no se revele nada más, que caiga sobre todo ello el velo del olvido. ¿A qué le temen? ¿Será que quieren evitar que aparezcan nuevos nombres, otros crímenes, otros responsables? ¿Será por eso el afán de asfixiar este tribunal cortándole los recursos económicos, mintiendo sobre lo que ha hecho la JEP en estos años, demeritando sus hallazgos?
Ellos, tan católicos, tan creyentes, tan todos juntos y exaltados al grito de ¡Viva Cristo Rey!, olvidan a su antojo las partes de la Biblia que no les gustan o no les convienen: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». ¡Ah, qué miedo el que le tienen a la verdad!
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