El pasado viernes, la prensa estadounidense cerró filas para defender la libertad de prensa después de que el presidente Trump decidiera prohibirles a tres medios de comunicación el acceso a la Casa Blanca. CNN, MS NOW y Politico fueron vetados del complejo presidencial y sus periodistas vieron revocadas sus acreditaciones. Días después, varios de los principales medios y cadenas de televisión suspendieron la cobertura de los eventos presidenciales en protesta por la medida. Un acto de protesta y de resistencia ante la afrenta a la democracia por parte de quien ostenta el poder.
Ya se está volviendo paisaje el hecho de que los gobernantes desafíen los valores que ha construido la democracia liberal. Censuran a la prensa con mentiras, arrinconan a los gremios económicos, acorralan, amenazan y destierran a funcionarios con criterios técnicos e independencia, deslegitiman a los jueces y las otras ramas del poder público y, por si fuera poco, atacan los derechos adquiridos por las luchas de las poblaciones minoritarias, diversas y vulnerables.
También nos estamos acostumbrando al ensordecedor silencio de la sociedad ante el apabullante poder de quien gobierna.
Los gobiernos populistas de nuestra época están socavando la democracia y la sociedad parece rendirse ante sus agresiones. Los gremios, los medios de comunicación y los poderes públicos no parecen tranquilos con las medidas autoritarias, los mensajes antidemocráticos y las actitudes intimidantes de los Gobiernos; pero el silencio y consentimiento están validando complacientemente sus acciones. El autoritarismo no se consolida solamente cuando el poder ataca las instituciones, sino también cuando quienes deberían ponerle límites guardan silencio ante los abusos.
En Colombia, el tigre ya ha rugido contra periodistas, gremios y funcionarios técnicos e independientes. En dos meses está alineando a la sociedad colombiana a las malas y está tensionando relaciones que tradicionalmente han cooperado o se han equilibrado respetuosamente. El Gobierno Petro rompió y maltrató a muchas de estas relaciones, pero el contrapeso democrático y deliberativo se hizo sentir sin temores. Abelardo no busca romper con esas instituciones sino subyugarlas para asegurar el aplauso y evitar la controversia.
La respuesta a esta actitud ha sido silenciosa, permisiva y complaciente. Parece que los actores de poder de nuestra sociedad tienen temor a represalias y prefieren susurrar en cócteles y restaurantes que levantarse de la mesa y protestar. ¿O estarán cómodos con el cambio de régimen y la destrucción de las formas que ha construido nuestra democracia?
Muchos tendrán miedo, no a las represalias, sino al encasillamiento. Pensarán que contradecir al gobernante de turno los pondrá del lado del opositor de turno. Lo que desconocen es que este debate no es sobre quién gobierna sino sobre cómo gobierna y de lo imperante que es recordarle al gobernante los límites que tiene su poder. Conviene refrescar la advertencia de Levitsky y Ziblatt: los autoritarios avanzan cuando las élites -y la sociedad- que podían frenarlos optan por acomodarse. ¿Tendremos la valentía y la unión para enfrentar el autoritarismo con el que ruge el poder?
No olviden: silencio tras silencio el poder se va imponiendo y nuestra democracia se va diluyendo.
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